By Keith Williamson [CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons

Ya lo pasado, ¿pasado?

Mientras viajaba a la Ciudad de México hace unos días, venía reflexionando sobre lo que pesa, lo que traemos a cuestas y que a veces aceptamos cargar más por costumbre que por voluntad propia. En mis acompañamientos florales me he dado cuenta que una de las anclas más comunes es la del pasado. Lo relaciono con carga por ser categórico, más como metáfora que con ánimo de juicio. La carga no es el pasado, sino la interpretación que nosotros le otorgamos a éste: la manera en la cual manifestamos su influencia en nuestras vidas presentes.

Hace unas semanas escuché por ahí que alguien decía el mejor año de mi vida fue… . Frases como ésta, que muchos podemos usar de manera automática, generan una realidad que a la larga resulta en nostalgia, que nos lleva a fantasear reviviendo una y otra vez lo que nos dio una gran felicidad. Yo me pregunto si esto no es, de alguna manera, dejar que nuestra vida se escape en un recuerdo. Lo digo porque se vuelve crónico. Literalmente, hay gente que vive en el pasado y su aferramiento es tal que lucha por revivirlo a toda costa, causando nuevamente olas de tristeza por algo que, aunque duela aceptarlo, está muerto.

Existe también la otra polaridad, donde aquello que aparece en nuestra memoria constantemente, y que intentamos revivir incluso de manera inconsciente, es el recuerdo de un pasado doloroso. Por descabellado que parezca, también podemos aferrarnos a lo que nos hizo daño, tal vez como un intermitente recordatorio de que nos puede volver a suceder.

Vivir en el pasado pesa, cierra puertas, nos desconecta de nuestro propio poder creador. Resulta infructuoso tratar de regresar el pasado, pero sí es posible crear nuestro futuro al vivir plena y conscientemente el momento presente. Podrá sonar transgresor, pero ahora estoy convencido de que el mejor año de tu vida, los mejores momentos, las mejores experiencias y las mejores vivencias no existen. Son una ilusión de la mente en la búsqueda de la felicidad dentro de lo conocido, regresando al lugar donde aprendimos a sentirnos bien. No hay mejores momentos, sólo momentos que se esfuman, que no nos pertenecen, pero que sí conforman nuestra historia, sean estos felices o tristes.

Entonces, ¿Cómo liberarme del pasado?¿Cómo cortar con estos recuerdos? La respuesta, que a primera vista se antoja contradictoria, me aparece así: con el pasado no se corta como si fuera un enemigo, al pasado no se le ignora como a un personaje incómodo, ni siquiera se le entierra como a un muerto en cuya tumba regresamos a llorar su ausencia, no. Al pasado se le honra. Al pasado se le reconoce como maestro, se le hace honor aplicando lo aprendido, aquí, ahora, integrándolo en nuestro ser, en la infinita presencia que cada uno de nosotros experimenta con una respiración, un parpadeo, al pasar saliva, al ser acariciados por el aroma de una flor.

El pasado es un maestro que confió en nuestro propio aprendizaje y por ello nos dejó ir. En reconocimiento, podemos actuar de la misma manera, diciéndole adiós, dando la bienvenida a lo nuevo, para que nos sea presentada la siguiente lección en este día de escuela que se llama vida.

En la foto de arriba aparece la flor del Honeysuckle, una de las 38 flores de Bach (no estoy seguro que sea Lonicera Caprifolium, pero definitivamente es una lonicera). El gesto de la flor es evidente: al abrirse parece dejar atrás los pétalos, en un acto de belleza, retrayéndolos delicadamente en forma de espiral, quedando sus estambres expuestos. Al ver la flor pienso en juegos pirotécnicos, porque Honeysuckle celebra la creación en potencia que espera felizmente ser manifestada. Esta flor es indicada para quienes viven en el pasado. En mi experiencia, Sage (Salvia officinalis) y Sagebrush (Artemesia tridentata), del sistema de California, son excelentes acompañantes en cualquier fórmula floral que ayude al consultante a asimilar lo esencial del aprendizaje de su propia historia.

Un salto de fe

Mi consultante Alma ha estado tomando flores durante unos tres meses. Ayer me dijo que quería compartir conmigo uno de esos momentos en donde llega un pensamiento que parece diseñado para iluminar un cuarto oscuro. Sí, se dio cuenta de algo trascendente en su proceso y estaba emocionada.

Así es como funcionan las flores: el patrón de vibración de éstas entra en contacto con el campo energético del cuerpo humano, como en la analogía siguiente: la idea aparece, de manera honesta, espontánea, pura, así como cuando la flor se abre. En ese momento nos damos cuenta de las cosas, nos hacemos conscientes de lo que es.

Esto es lo que dijo Alma: “Me da miedo tener abundancia en todos los sentidos… y no sé cómo frenar esto, cómo romper con esto. No sé cómo aceptar todo lo bueno que el universo tiene para mí, pareciera que siempre le estoy huyendo. Es como si no creyera que está disponible para mí.” Alma estaba abriendo la puerta a una de las lecciones más hermosas de las flores de Bach,

La lección de Gentian: fe.

Hace meses, cuando comenzó la terapia floral, reconoció que había sentimientos no resueltos de rencor, los cuales estaban con ella desde hace bastante tiempo. También identificó momentos de apatía generalizada hacia ciertas situaciones, con frases como “Las cosas no van a cambiar, ¿para qué me molesto en hacer algo?”. Aquí quiero hacer un paréntesis para reflexionar entre la delgada línea entre resignación y aceptación. Si me resigno, dejo el poder de mi vida a las circunstancias (me muestro apático); si acepto, veo las cosas como son y tomo cartas en el asunto. Para estos bloqueos energéticos, su fórmula estuvo preparada con Willow (para el resentimiento) y Wild Rose (para la resignación).

Tengo que reconocer que, desde la primera sesión con Alma, intuí que Gentian iba a aparecer en algún momento, aún si no era evidente en un principio. Y así fue, con su mensaje de ayer y su “darse cuenta”, contactó con su necesidad de conectar con la abundancia. Estos momentos son los más bellos en la terapia floral, y es que a través de la apertura de consciencia se hace posible la verdadera transformación.

El proceso de Alma me ha hecho reflexionar sobre la fe. ¿Qué es?¿De dónde proviene? Creo que una manera de reconectar con la fe perdida es a través de la aceptación (retomo la esperanza, Wild Rose) y del perdón (suelto la pesada carga que me ancla al destino, Willow).

Esto es lo que el Dr. Edward Bach dijo de Gentian:

“Para quienes se desaniman con facilidad. Pueden estar progresando en la enfermedad, o en los asuntos de su vida diaria, pero cualquier retraso o interferencia en el progreso les causa duda y los desalienta.”

En la terapia floral, Gentian es para el pesimista, es decir, aquél que no quiere intentarlo de nuevo por miedo a volverse a encontrar con obstáculos en el camino. En mi práctica, he encontrado que el pesimismo tiene muchísimos matices y a veces no aparecen como evidentes. Sin embargo, todos esos matices tienen algo en común: la falta de fe, o la verdad autoimpuesta de que la abundancia no está disponible para uno mismo. Esto hace que los pensamientos de las personas tiendan a la negatividad, a esperar lo malo, pues en el fondo no creen que lo bueno esté a su alcance. En consecuencia, su mismo subconsciente pide a la vida que refuerce esta idea de fatalidad, para así justificar la creencia de que es mejor no intentarlo de nuevo.

La imagen que acompaña a esta publicación muestra un par de fotos y una ilustración de Gentian. Si ponemos atención en el gesto de la flor, podemos ver cómo parece dirigir su mirada hacia arriba, reconociendo así todo lo que está disponible para ella. Al abrir los brazos y dirigirlos hacia el cielo, no solo pide, sino que se sabe lista para recibir, pues su elongado cáliz abraza todo aquello que llega. Me encanta el gesto de Gentian, como una oración de felicidad elevada al cielo, al universo, confiando en la riqueza infinita de la cual ella también se sabe partícipe.

Como término, la fe se encuentra comúnmente ligada a la religiosidad, por ejemplo, creer en algo que no se experimenta con los sentidos o que no puede ser probado por la ciencia. No me encuentro de acuerdo con nada que implique creer “ciegamente” en algo, ya que ello implica no participar activamente de la experiencia. En este sentido, mi punto de vista personal es que la fe proviene de un proceso de comprensión.

Para cerrar esta publicación, dejo una lista de conclusiones al respecto:

  • Fe, es comprender que detrás de cada obstáculo hay una oportunidad para crecer.
  • Fe, es comprender que toda oportunidad de trascender no es derecho de unos cuantos, sino que está disponible para todos.
  • Finalmente, fe es comprender que la evolución es nuestro derecho divino.

Lola mirando hacia adentro

Esta es Lola. La vi solamente un par de veces. Cuando nos conocimos, supe que la estaba pasando mal. Luego me enteré la causa: divorcio. En esos días yo estaba felizmente casado y ni siquiera imaginaba lo difícil que podría resultar una separación definitiva. La vida, sin embargo, me tenía reservada una de las lecciones más difíciles y así, de manera inesperada, la lección se presentó sin dar tiempo a nada. De la noche a la mañana me encontré a mí mismo caminando en los zapatos de Lola. Fue entonces cuando supe de qué estaba hecho, de qué estamos hechos todos: de energía y conciencia. Este principio básico de la física cuántica nunca había resonar en mí hasta entonces. Aquí comenzó mi transformación interior y decidí mirar hacia adentro para encontrar las respuestas que siempre había buscado afuera.

Así como Lola, abrí mis ojos y miré hacia adentro. Pude ver el mar y el cielo y sentir cómo se funden en el infinito.

Pero no estaba solo: había flores en el camino.

Esa fue la primera vez que escuché el sonido de una crisálida cuando comienza a abrirse.