Buscar el fuego

A pesar de su belleza, el invierno puede resultar una temporada difícil de vivir, no solo por las noches heladas y prolongadas, sino por las emociones que generan las reuniones familiares en los últimos días del año. El aire invernal viene con un dejo de nostalgia, tal vez por aquéllos que ya no están en las celebraciones, o porque ya nada es como antes, o bien porque aparecen de golpe los propósitos incompletos. El pasado y el futuro convergen en la heladera de diciembre. Miramos hacia atrás a manera de remembranza: cómo cuesta trabajo soltar. Miramos hacia adelante con la esperanza propia del final de un ciclo: es momento de hacer planes. Pareciera que los ingredientes principales de la cena familiar son los recuerdos involuntarios y las compras compulsivas.

Rara vez, sin embargo, nos detenemos a mirar en nuestro interior.

Hace días que vengo sintiendo el frío del invierno que está entrando en mi casa y en mis huesos. Hace un año, al contrario, no sentía ni el frío ni los huesos, solo había lugar para el dolor que me obligaba a enfrentar la realidad de todas mis ciudades derrumbadas. En ese entonces lo prioritario era aceptar las pérdidas, procesar el duelo y preparar la reconstrucción. Hoy aprecio y agradezco esta sensación helada que se apodera de mis pies y de mis manos. Hoy le doy la bienvenida a este frío que me hace buscar el fuego.

Comparto esta frase de Mooji que leí hace unas horas:

Adéntrate en el fuego del auto descubrimiento. Este fuego no te quemará a ti, solamente quemará a quien no eres.

Quiero hacer del invierno una etapa de contemplación, de auto descubrimiento y trascendencia. Deseo que el silencio de las largas noches me ayude a escuchar ese claro mensaje detrás de todas mis emociones: la intuición. Esta vez me haré un regalo a mí mismo y dejaré que el frío sea mi maestro para que, como a las flores, le enseñe a mi corazón a renacer con la primavera.