Cupido y el espejo

El disparo va directo a tu corazón.  Flotas en nubes y bailas entre flores. Todo fluye diferente. Te enamoras. Estás vivo. Experimentar esa sensación es un milagro y si es correspondida es aún más maravilloso.  Se dice que cuando Cupido dispara, la persona que ven tus ojos se convierte en la fuente de tu amor.

También dicen que el amor es ciego, pero yo creo que no. El miedo sí lo es. Por miedo a sufrir ponemos una venda en los ojos del amor. Te amo para que no me abandones. Te amo para que no me rechaces. Te amo para sentirme protegido. Te amo para sentirme aceptado. Te amo para que mi vida tenga sentido. Te amo para… la lista es interminable. El amor ciego justifica todo con tal de no enfrentar el dolor que causan las carencias emocionales.

Si te pierdes en el proceso de valorar a alguien (de manera desproporcionada) corres el riesgo de olvidarte de tu propio valor. Ama sin medida, pero con límites, dice Walter Riso. Es cierto, el amor no se mide (de aquí a la luna, por ejemplo), sino que se experimenta como consecuencia del respeto, la ternura, la honestidad, la amistad y el erotismo de las personas que se aman.

Lo cierto es que nadie es responsable de sanar tus carencias emocionales. Nadie, excepto tú mismo. El amor con los ojos abiertos acompaña en libertad, sin la intención de reparar nada en el otro. Si ese es tu objetivo, es posible que Cupido haya desperdiciado un disparo y tú te hayas puesto una venda.

Paradójicamente, el amor ciego se origina en la falta de amor a uno mismo. Así, buscamos en el otro aquello que no creemos encontrar en nuestro interior, pues no podemos entender que siempre ha estado ahí. Acéptate, quédate contigo, protégete, abrázate, encuentra el sentido de TU vida. Ámate. Abre los ojos al amor. Ámate, pero hazlo sin vendas en los ojos, pues el amor ciego hacia ti mismo (narcisismo) también terminará  causando daños.

Hace tiempo, leyendo el cómic de  la mujer maravilla (DC, The New 52, Vol. 4, 10), la siguiente escena me dejó un gran aprendizaje. La historia se sitúa en el contexto de la mitología griega. Diana (la mujer maravilla), en un acto de compasión, le hace un regalo a Hades, Dios del inframundo y personaje incapaz de sentir nada sino odio, rencor y amargura. El plan de Diana es disparar directo al corazón de Hades con la pistola de Cupido, una vez que éste hubiese abierto su obsequio: un espejo. Cierro esta publicación con la escena del cómic.

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El protector del santuario

Hace tiempo una excelente sicóloga y amiga, me describió los tres conceptos fundamentales en la teoría del psicoanálisis con la que Sigmund Freud intentó explicar el funcionamiento psíquico humano: el Ello, el Yo y el Superyó. Para explicarlo con mis propias palabras utilizaré la siguiente analogía. Imagina que dentro de ti existen  un bebé que solo quiere jugar (Ello) y un adulto que solo sabe seguir reglas (Superyó). Cada vez que surge un conflicto entre éstos aparece el Yo a hacerla de mediador. El Yo tiene el objetivo de sacar el mayor placer posible de la experiencia, siempre reconociendo la existencia e importancia de tan peculiar par de personajes. ¡Qué difícil tarea la de lidiar con los berrinches del bebé y las reglas del adulto!

Imagina también que el Yo puede acudir a un lugar sagrado, a un espacio de tranquilidad, paz y armonía. En ese lugar accede a la sabiduría universal: la intuición, la voluntad, el desapego, la compasión, la humildad, la verdad, la ecuanimidad y todo aquello que le guíe en su tarea de mediador. Sin ese santuario el Yo terminaría por volverse loco, incluso llegando a ignorar a cualquiera de los dos personajes y es ahí donde empieza el daño.

La esencia floral de Echinacea (Echinacea Purpurea) del sistema FES es un poderoso restaurador de los santuarios profanados. Aún recuerdo la primera vez que mis manos sintieron la flor, su núcleo a la vez firme y flexible, como de plástico, se adaptaba a la fuerza externas de mis dedos y regresaba a su forma original cuando la presión ejercida cesaba. Alrededor de éste, las pequeñas espinas cuasi doradas daban la impresión de estar a la defensiva pero resultaban agradables al tacto, regalándole un masaje a las yemas de mis dedos. Creo que la integridad del ser humano es así como el núcleo de la flor de Echinacea; entera y coherente, fuerte pero flexible, una defensa sólida sin resultar agresiva: entereza pura. Los pétalos de la flor, de un delicado tono purpúreo, caían como la cúpula de un templo, remontándome a la idea de un verdadero santuario floral.

Araceli Cepeda, querida amiga también sicóloga y sintonizadora floral del sistema de flores mexicanas Florara, compartió conmigo hace tiempo que la esencia floral de Echinacea ayuda a fortalecer al protector del santuario: el Yo. La fuerza interior proviene de la capacidad de discernir lo que es mío de aquello que no lo es. Abro la puerta al santuario pero decido cabalmente quién entra en éste: lo protejo porque respeto y reconozco su valor, que es el valor de tomar decisiones que me lleven a una vida más plena. El resultado de un Yo fortalecido es un ser humano íntegro, coherente y equilibrado, como un sistema inmune saludable, el cual se relaciona también con las propiedades medicinales de la planta y las propiedades energéticas (vibraciones) de la esencia floral.

Y tú ¿Cuántas veces has perdido tu integridad? ¿te has roto en pedacitos por intentar mantener enteros a otros? ¿has sufrido abusos físicos y sicológicos sin poder reparar tu dignidad? ¿has descuidado tu santuario buscando la aceptación de los demás? ¿cuántas veces has ignorado los deseos del bebé en nombre del sacrificio? ¿y cuántas más has pasado por alto las reglas del adulto en nombre del placer inmediato?

Quiero terminar esta publicación con la afirmación floral de Echinacea, escrita en inglés por Patricia Kaminsky, cofundadora de la Sociedad de Esencias Florales y maestra floral a quien guardo un profundo respeto y agradecimiento.

“Me mantengo fuerte desde adentro.
Enfrento la adversidad con mi fuerza interior.
Mi núcleo interno es sacrosanto.
Yo Soy este ser de luz.”