El vacío y la flor

Hablamos de la muerte con cierto recato, como si no quisiéremos que nos escuchara mencionarla. Hemos aprendido que morir debe ser causa de sufrimiento.

El miedo, el dolor y la desesperanza provienen de la idea de la muerte como un vacío total. Esta idea emana de la mente que se aferra a separarnos de todo lo que existe. La mente dice “si muero, desaparezco”.

Tal vez la muerte es solo un espacio para la paz, un espacio vacío que acepta la luz, que abraza a la vida que nace a cada instante. Así, el espíritu afirma amoroso ante la mente “no muero, me disuelvo en Unidad”.

Quizás todas esas lágrimas, dolor, sufrimiento, culpa y frustación por lo no expresado, por lo no amado, son maneras en las que la vida nos da ojos para ver que dentro de la oscura, fría y callada tierra, también se gesta la vida, se rompe la semilla, y se abre el espacio para que la flor inicie su viaje de regreso.

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