Tu propio espejo

La ausencia es el espejo del pasado. Ese espejo nos presenta lo que ya no está. Ausencia es también sinónimo de carencia. El ser humano es especialista en huir de aquello que le recuerda sus espacios vacíos, lo interpreta como peligro y hace todo para que ese vacío no se revele ante sus ojos.

Si el espejo lo usamos para ver el rostro del pasado nunca aceptaremos la presencia de quienes somos ahora. Esa presencia es perfecta y única a pesar de las carencias que nuestro ego se empeña en maquillar.

Aceptar la ausencia es el primer paso para transformarla en presencia. Abrir los ojos a la carencia nos enviste del fuego necesario para manifestar la abundancia.

Si te han abandonado, si tus padres no estuvieron en tu vida, si tu pareja se marchó, no luches contra esa ausencia. Acéptala: no te abandones a ti mismo.

Si ha muerto un ser amado, no cierres más los ojos. Ábrelos. Así saldrán más lágrimas que aclararán tu horizonte. No huyas de tus emociones. Acepta la ausencia: no seas tú quien muera.

Si has perdido el honor y la credibilidad, levántate sobre tus sueños, encuentra la llama, defiende tu pasión. Levántate sobre las voces que te dicen que no eres suficiente. Acepta el fracaso: recupera la fe en ti mismo.

El pasado es como una onda senoidal que nos muestra el constante devenir entre la luz y la oscuridad.

Lo que hace falta en tu vida eres tú. No tengas miedo de tus colores, reconoce la forma de tus pétalos y el aroma que emana tu presencia amorosa. Nadie más puede aportar al mundo lo que tú aportas.

Utiliza el espejo del presente para ver el reflejo de tu luz. Abre los ojos a la verdad de quien tú eres.