Tu propio espejo

La ausencia es el espejo del pasado. Ese espejo nos presenta lo que ya no está. Ausencia es también sinónimo de carencia. El ser humano es especialista en huir de aquello que le recuerda sus espacios vacíos, lo interpreta como peligro y hace todo para que ese vacío no se revele ante sus ojos.

Si el espejo lo usamos para ver el rostro del pasado nunca aceptaremos la presencia de quienes somos ahora. Esa presencia es perfecta y única a pesar de las carencias que nuestro ego se empeña en maquillar.

Aceptar la ausencia es el primer paso para transformarla en presencia. Abrir los ojos a la carencia nos enviste del fuego necesario para manifestar la abundancia.

Si te han abandonado, si tus padres no estuvieron en tu vida, si tu pareja se marchó, no luches contra esa ausencia. Acéptala: no te abandones a ti mismo.

Si ha muerto un ser amado, no cierres más los ojos. Ábrelos. Así saldrán más lágrimas que aclararán tu horizonte. No huyas de tus emociones. Acepta la ausencia: no seas tú quien muera.

Si has perdido el honor y la credibilidad, levántate sobre tus sueños, encuentra la llama, defiende tu pasión. Levántate sobre las voces que te dicen que no eres suficiente. Acepta el fracaso: recupera la fe en ti mismo.

El pasado es como una onda senoidal que nos muestra el constante devenir entre la luz y la oscuridad.

Lo que hace falta en tu vida eres tú. No tengas miedo de tus colores, reconoce la forma de tus pétalos y el aroma que emana tu presencia amorosa. Nadie más puede aportar al mundo lo que tú aportas.

Utiliza el espejo del presente para ver el reflejo de tu luz. Abre los ojos a la verdad de quien tú eres.

El vacío y la flor

Hablamos de la muerte con cierto recato, como si no quisiéremos que nos escuchara mencionarla. Hemos aprendido que morir debe ser causa de sufrimiento.

El miedo, el dolor y la desesperanza provienen de la idea de la muerte como un vacío total. Esta idea emana de la mente que se aferra a separarnos de todo lo que existe. La mente dice “si muero, desaparezco”.

Tal vez la muerte es solo un espacio para la paz, un espacio vacío que acepta la luz, que abraza a la vida que nace a cada instante. Así, el espíritu afirma amoroso ante la mente “no muero, me disuelvo en Unidad”.

Quizás todas esas lágrimas, dolor, sufrimiento, culpa y frustación por lo no expresado, por lo no amado, son maneras en las que la vida nos da ojos para ver que dentro de la oscura, fría y callada tierra, también se gesta la vida, se rompe la semilla, y se abre el espacio para que la flor inicie su viaje de regreso.

Sabe la flor que es flor

Sabe la flor que es flor cuando confía en que al abrirse al universo se abre también el cielo ante sus ojos de polen y semilla. Conoce su carácter vulnerable y no se cuenta a sí misma historias de muerte y de fracaso, segura está que su paso por la vida es poema que cantan las abejas a la luna y el sol tatúa en las alas de las mariposas.

Sabe la flor que es flor cuando está lista para ser color y gota de rocío, para hablar con la mantis y el volcán y sentir en su rostro perfumado la mirada de amor del colibrí.

Se sabe flor y da la bienvenida a la tormenta y a la calma después del huracán. Se nutre de lo oscuro de la tierra y lo transforma en luz al despertar. No lucha siendo flor, se integra y viaja en cada pétalo que el viento le reclama y en la semilla que decide regresar.

Confía la flor y es flor porque confía en que el camino aparece al caminar.

La semilla y el intento

Sembrar una semilla es un acto de amor, pero tu amor no garantiza que broten sus flores.

Puede ser que la riegues de más y se ahogue; puede ser que no le pongas suficiente agua y se seque; puede ser que no hayas elegido buena tierra y no logre echar raíces. También puede ser que, aún después del paso de tormentas y huracanes se abran todas sus flores.

Lo único cierto es que cuando siembras la semilla no sabes si verás alguna de sus flores.

Solo la cubres con un poco de tierra y esperas que el sol le brinde su calor, que la luna la cobije, que el tiempo le traiga fuerza, que el cielo la humedezca con su lluvia y que conecte con la sangre de la tierra.

Así, es en el intento, no en el resultado, cuando hacemos un espacio en nuestro corazón para que ocurra la vida como es, no como quisiéramos que fuera.

Porque quien vive de resultados es la mente, que todo lo estructura y lo controla; mientras es el corazón quien orquesta en armonía la cohesión instantánea de partículas llamada realidad.

Porque tal vez la semilla que tardaba en germinar solo estaba esperando que pasara el invierno para abrirse a la vida como flor en primavera.

Y aunque tú ya no la vieras, sería hermosa, como todas las flores.

La vida de la flor

No quiero ser una flor de invernadero. No quiero luz artificial, ni cuatro paredes que me protejan del viento, ni un sistema de riego que nutra mis raíces a tiempo. No quiero certidumbres ni pétalos perfectos en un supermercado.

Quiero vida con golpes y alegrías, quiero amores con riesgos y caídas y que nadie corte las espinas de mi tallo, que no solo en mis rosas encontrarán belleza.

Que la atmósfera penetre con su lluvia el vientre de la tierra donde aguarda confiada mi semilla; así aprenderé a abrir los ojos en la oscuridad.

Que el sol proyecte la fuerza de su luz sobre mi ser; así sabré confiar en el cálido gesto de su rayo.

Que el viento me acaricie a veces y a veces también me haga temblar; así podré entender el valor de mis raíces y mis ramas.

Quiero ser yo quien revele mis colores y le cuente al universo mis secretos. Así hablaré de triunfos y batallas perdidas, de amores y caídas, de abandonos y de la sonrisa en mi corazón, esa semilla que emprendió su viaje desde la flor a las entrañas de la tierra, confiando así su viaje de regreso a la luz como flor nueva.

La sombra que no se ve

Hace poco me decía una amiga que había identificado una tendencia a idealizar a los hombres que llegaban a su vida. “En el fondo busco que sean perfectos y luego terminan decepcionándome”, comentaba. Me puso a pensar. “No creo que busquemos la perfección al idealizar a la pareja”, le dije. “Idealizamos para no darnos cuenta del dolor que llevamos dentro”.

Ahora lo veo así. Al no ser conscientes de nuestra propia sombra, buscamos engancharnos con la idea de personajes que inventamos para que nos ayuden a alejarnos de lugares incómodos. Más que enamorarnos de quien es, nos enamoramos de quien queremos que sea: construímos la pareja perfecta para huir de nosotros mismos.

Claro, esto ocurre cuando algo duele tanto que la opción más factible es voltear y pretender que no pasa nada. Desconectamos de nuestra verdadera esencia, oímos cada vez menos nuestra voz interior y comenzamos a asignar atributos ad-hoc a nuestra historia: “nunca me va a dejar”, dice el adulto que aún llora la muerte o el abandono de sus padres; “me necesita tanto, ha sufrido mucho pero con mi amor va a cambiar”, piensa la esposa violentada que repite el patrón de heroína y mártir que aprendió en su infancia; “no puedo vivir sin ella”, dice el niño interior del adulto que tuvo una infancia de sobreprotección. La lista es larga.

Por eso es primordial que nos hagamos conscientes del dolor, de la ira, del miedo y la tristeza que llevamos dentro. Estas emociones no son malas, buscan habitarnos, somos su casa y requieren de nosotros un espacio para ser abrazadas amorosamente. Solo abriéndoles la puerta entrará la luz que nos dejará ver a estos invitados “incómodos” como REALMENTE son, no como queremos que sean. De esta manera, al idealizar a la pareja idealizamos también a las emociones incómodas, cerramos puertas, nos alejamos de aceptar lo que es y en última instancia nos perdemos de la oportunidad de conocernos a nosotros mismos.

A veces imagino al acto de florecer como el momento en el que la planta llega a conocerse a sí misma tan profundamente que no le queda más que mostrar su esencia con el mundo, así, floreciendo, compartiendo inevitablemente toda la luz que llegó a su interior.

Flores relacionadas: agrimony, black-eyed Susan.

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Idealizing our partner is more related with covering uncomfortable emotions than with the search for perfection. By not being conscious about our own shadow we seek for engaging with self-invented characters that we impose onto other humans. The aim of this is to unconsciously get away from our own pain, sadness, ire and any emotion that is difficult to bring out to surface as it has been confined into our most profound caves.

The greater the pain, the deeper the confinement. It is then more feasible to pretend the feelings are not there. Of course, with the help of the character we built, such endeavor is easier. “He is never going to leave me”, says the adult whom still cries the death or the abandonment of one of her parents; “he needs me so much, he’s been through lots of suffering and my love is going to change him”, thinks the wife who is repeating learned patterns from her martyr mother figure; “I can’t live without her”, murmurs the inner child of a man who was overprotected. The list continues endlessly.

This is why it is primordial for us to become conscious about the origin of the “bad” emotions that keep knocking at our doors. In fact, no emotion should be labeled as good or bad: they simply search for a space inside of us so that they can be embraced by our love. Only by opening up to all emotions will the light of consciousness allow us to see them as they REALLY are. It is then when we stop trying to replace pain for strength, sadness for joy and ire for peace. Instead, acceptance to what is occurs and we let go, magic happens and a true transformation takes place.

Idealizing our partner means idealizing the emotions we are unfamiliar with. By closing our doors to the uncomfortable we supress the chance to know our true essence.

Sometimes I imagine the act of flourishing as the moment when the plant gets to know herself so deeply that the only gesture she is capable of is to show her true essence with the world by inevitably sharing all the light she has let in.

That is the beauty we see in flowers.

Related flowers: agrimony, black-eyed Susan.

El bueno, el malo y la mariposa

Las categorías son necesarias para estructurar la realidad, para comunicarnos unos con otros, para tener referencias comunes. Sin embargo, desde que nacemos la sociedad comienza a cortarnos en pedacitos que deben caber perfectamente dentro de cajitas predefinidas, dictando prácticamente nuestro camino en la vida. Género, raza, nacionalidad, nivel económico, religión: de inmediato nos tatúan las expectativas de cómo tenemos que ser.

Pronto aprendemos qué es bueno y qué es malo. Transferimos después este juicio a otros seres humanos. Tú eres malo, yo soy bueno. Tú eres bueno, yo soy malo. La víctima, el victimario. El marido infiel, el hijo ingrato, la madre abnegada. Comenzamos a tomar partido. Aprendemos a separarnos. Esta separación es suelo fértil para el miedo, la angustia, la soledad, la desconfianza, la culpa y una lista interminable de emociones que piden a gritos un espacio para trascender hacia la comprensión de las cosas más allá de las categorías.

La ilusión más dolorosa de la humanidad es la separación.

La separación es también notable no solo a nivel individual sino a nivel colectivo. Las noticias de muerte y destrucción son cada vez más frecuentes: matanzas, hambrunas, represión brutal por parte de los gobiernos, guerras. Ante el horror que ocurre en todas partes del mundo, no queda sino preguntarnos hacia dónde vamos como humanidad ¿Habrá realmente un mundo mejor?

Yo creo que sí.

Todo depende de las decisiones que tomamos en cada instante de nuestra vida. Ahí está el poder que el individuo puede ejercer en el colectivo. Esa es la verdadera fuerza de tu decisión. La realidad está conformada por decisiones, una tras otra, pequeñitas, imperceptibles, tan sutiles como el aleteo de una mariposa.

Imagina dos mundos posibles, casi idénticos. Ahora incluye en uno de ellos a una mariposa. En el largo plazo, estos dos mundos terminarán siendo muy diferentes, en particular en uno de ellos puede ocurrir un tornado, mientras que en el otro no. A esto se le conoce como el efecto mariposa y fue acuñado por el meteorólogo y matemático Edward Lorenz con referencia a la sensibilidad a variaciones pequeñas en las condiciones iniciales de un sistema dinámico.

Tú participas activamente en la creación de la realidad. Tus decisiones son alas de mariposa capaces de generar grandes cambios. Imagina ahora la realidad de la humanidad conformada por miles de millones de mariposas. Ninguna de ellas es más importante que otra, pues entre todas conforman la gran fuerza del colectivo al que pertenecemos.

Salte por un momento de las caja de “bueno” y “malo” y visualiza el espectáculo de millones de seres que asemejan flores flotando en el infinito. Esa es la humanidad. Tu consciencia está ahí, vibrando con fuerza.

Tú, ¿Hacia dónde diriges tu vuelo?

No hay separación. No hay diferencia. Respiramos el mismo oxígeno, nos da calor el mismo sol, nos cobija la misma luna y nos alimenta la misma tierra.

Nos une la misma sangre.

El gran dolor del mundo refleja el gran dolor individual de la separación. En nosotros está el poder de decidir nuestros actos individuales con la claridad de una consciencia que ya no se separa, sino que es capaz de resonar con la vibración de otros miles de millones de seres.

Este es el mensaje de la flor de Splendid Mariposa Lily (Calochortus Splendens) de Flower Essence Services y que aparece en la imagen de esta publicación: la madre universal abraza a la humanidad para recordarnos que todos somos sus hijos.

Patricia Kaminsky y Richard Katz se refieren a Splendid Mariposa Lily con un poema de Mary Ann Evans. Aquí unas líneas, para terminar esta publicación.

“El coro invisible”

Esta es la vida que viene
Y que los mártires han hecho más gloriosa
Que sea yo el cielo más puro
Que sea para otras almas
La copa de fuerza en su gran agonía
Que encienda su entusiasmo generoso
Que les alimente solo de amor puro
Que cause las sonrisas que no tienen crueldad
Que sea la dulce presencia de la bondad que se esparce
¡Y se difunda aún mas intensa!
Para unirme así al coro invisible
Cuya música es la alegría del mundo.

Flores relacionadas: green cross gentian.

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Categories are necessary for structuring reality, for communicating to each other, for finding a common ground. From the moment we are born, however, society starts cutting us into small pieces that have to fit into predefined boxes, practically dictating what our lives should be. Gender, race, nationality, social status, religion: we are immediately tattooed with expectations on what we should become.

Soon we learn how to judge good from bad. We later transfer this judgement to other humans. You are bad, I am good. You are good, I am bad. The victim, the victimiser. The cheater husband, the ungrateful son, the abnegated mother. We start taking sides. We learn how to separate. This separation is fertile soil for fear, anguish, loneliness, distrust, guilt… and the list of emotions seeking for a space to transcend towards comprehension beyond categorisation seems endless.

The most painful illusion of humanity is separation.

Separation is not only noticeable at the individual level, but at the collective level. News about death and destruction are becoming more frequent: carnages, famines, brutal repression of our governments, wars. Before the horror occurring around the world, it is impossible not to question ourselves about where we are heading as humanity. Is there really a better world?

I think there is.

Everything depends on the decisions we take each instant of our lives. There lies the power of the individual over the collective. That is the true strength of your decisions. Reality is conformed by decisions, step by step, an almost imperceptible sequence, as subtle as the flutter of the wings of a butterfly

Imagine two posible worlds, almost identical, except from one butterfly that exists in one of them. In the long term, these two worlds will end up being completely different, particularly, in one of them there will be a tsunami as an indirect effect of the flutter of the butterfly. This is known as the butterfly effect and was introduced by the meteorologist and mathematician Edward Lorenz, as a way to explain the sensitivity of dynamic systems to small variations in the initial conditions.

You participate actively in the creation of reality. Your decisions are as wings of a butterfly capable of generating big changes. Imagine now that the reality of humanity is shaped by several thousand million butterflies. None of them is more important than the other as all of them make the great force of the collective consciousness we belong to.

Take a step out of the boxes of “good” and “bad” and visualise millions of beings resembling flowers suspended at infinity. This is humanity. Your consciousness belongs there, fluttering, vibrating with strength.

Where are you directing your flutter at?

There is no separation. There is no difference at the core. We all breathe the same oxygen, we are all given heat by the same sun, covered by the same moon, fed by the same earth.

The same blood unites us.

The great pain of humanity is a reflection of the great pain of each individual. We have the power to decide our individual actions with the clarity of a consciousness which no longer separates, but is capable of resonating at unison with the vibration of thousands of millions of other human beings.

This is the message of  Splendid Mariposa Lily (Calochortus Splendens) of Flower Essence Services (featured as image of this post): the universal mother embraces humanity to remind us that we are all her children.

Patricia Kaminsky and Richard Katz refer to Splendid Mariposa Lily with a poem of Mary Ann Evans. Here are some lines to finish this post.

 

“The choir invisible”

This is life to come,
Which martyred men have made more glorious
For us who strive to follow. May I reach
That purest heaven, — be to other souls
The cup of strength in some great agony,
Enkindle generous ardor, feed pure love,
Beget the smiles that have no cruelty,
Be the sweet presence of a good diffused,
And in diffusion ever more intense!
So shall I join the choir invisible
Whose music is the gladness of the world.

Related flowers: green cross gentian.


By Steve Berardi from Long Beach, CA, United States [CC BY-SA 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)%5D, via Wikimedia Commons