El camino

Errores, errores, errores. Se repiten, uno tras otro. Desfilan empeñados en vernos a los ojos, buscan confundidos explicaciones a nuestra huída sin sentido, nos hablan con distintos matices esperando que por fin aceptemos el eterno regalo con el que aparecen: el movimiento.

El miedo a equivocarnos se origina en la mente que viene a convencernos de que es mejor dejar nuestros lagos inmóviles, nuestra atmósfera vacía y nuestras flores envueltas en la seguridad de la falsa eternidad.

Al errar sus pasos. el caminante se siente perdido, abandonado por sus propias pisadas que lo llevaron a un lugar oscuro y frío. Llega entonces el miedo que obstruye el movimiento y paraliza las piernas en medio de la bruma de la culpa, del enojo y el dolor.

Pero no. El miedo no es a equivocarnos.

El miedo es a darnos cuenta de que viajero y sendero son la misma cosa.

Nadie más que tú podrá pisar tus pasos. Nadie puede volverse tu sendero. Observa qué hay afuera para huir de tu creación y seguirás llamando a otros que te indiquen el camino que no es verdadero para ti. Escucha con amor a los demás, permítete ser acompañado de quien tenga una noble intención, pero no olvides que los ojos de quien ve hacia adentro no hablan de errores, sino de maestros que guían a través de la intuición.

La afirmación floral de Patricia Kaminsky sobre la flor de Bach Cerato (Ceratostigma willmottiana) describe perfectamente la vibración de esta esencia floral que nos habla del maestro interior que habita en cada uno de nosotros, que nos invita a reconocer que somos el camino a nuestra propia verdad, el sendero de ese milagrosa oportunidad que llamamos Vida:

“Aprendo a oir con mi propia voz.
Confío en mi conocimiento interior.
Encuentro la confianza para seguir lo que es correcto para mí.
Mi luz es una fuente de Verdad para otros seres.”

Buscar el fuego

A pesar de su belleza, el invierno puede resultar una temporada difícil de vivir, no solo por las noches heladas y prolongadas, sino por las emociones que generan las reuniones familiares en los últimos días del año. El aire invernal viene con un dejo de nostalgia, tal vez por aquéllos que ya no están en las celebraciones, o porque ya nada es como antes, o bien porque aparecen de golpe los propósitos incompletos. El pasado y el futuro convergen en la heladera de diciembre. Miramos hacia atrás a manera de remembranza: cómo cuesta trabajo soltar. Miramos hacia adelante con la esperanza propia del final de un ciclo: es momento de hacer planes. Pareciera que los ingredientes principales de la cena familiar son los recuerdos involuntarios y las compras compulsivas.

Rara vez, sin embargo, nos detenemos a mirar en nuestro interior.

Hace días que vengo sintiendo el frío del invierno que está entrando en mi casa y en mis huesos. Hace un año, al contrario, no sentía ni el frío ni los huesos, solo había lugar para el dolor que me obligaba a enfrentar la realidad de todas mis ciudades derrumbadas. En ese entonces lo prioritario era aceptar las pérdidas, procesar el duelo y preparar la reconstrucción. Hoy aprecio y agradezco esta sensación helada que se apodera de mis pies y de mis manos. Hoy le doy la bienvenida a este frío que me hace buscar el fuego.

Comparto esta frase de Mooji que leí hace unas horas:

Adéntrate en el fuego del auto descubrimiento. Este fuego no te quemará a ti, solamente quemará a quien no eres.

Quiero hacer del invierno una etapa de contemplación, de auto descubrimiento y trascendencia. Deseo que el silencio de las largas noches me ayude a escuchar ese claro mensaje detrás de todas mis emociones: la intuición. Esta vez me haré un regalo a mí mismo y dejaré que el frío sea mi maestro para que, como a las flores, le enseñe a mi corazón a renacer con la primavera.