Tu voluntad, no la mía

Este viernes aparece la flor de Bach Gorse (Ulux europaeus) entre nuestras cartas de flores, para compartirnos su mensaje de entrega absoluta, que resuena con las palabras “Tu voluntad, no la mía”, tan sincrónicas con este día en el que el cristianismo recuerda la crucifixión de Jesús.
 
Esta entrega a la voluntad más elevada es la verdadera “rendición” (surrendering, en inglés), opuesta al “me rindo” (give up). Quien se da por vencido aún cree en la lucha, y por ende continúa en la separación. La entrega, la rendición, es el acto de profunda alquimia en la que el alma experimenta la alineación de la pequeña voluntad (el Yo) con la gran voluntad (Dios).
 
No es necesario pertenecer a ninguna religión, ni seguir rituales precisos para vivir esta transformación. Basta con abrir nuestro corazón y permitirnos ser disueltos en la voluntad más grande.
 
Jesús, como maestro de la era de Piscis, nos mostró que “el camino, la verdad y la vida” nos llevaría a la crucifixión de nuestro ego, a la abolición de todo lo que no es amor en nosotros.
 
La corona de espinas representa la unión del chakra raíz con el chakra corona: la sangre con el espíritu; la tierra con el cielo; lo sexual con lo divino: la pequeña voluntad con la gran voluntad.
 
En estos días en los que la palabra corona está vibrando en una connotación tan negativa, Gorse nos recuerda que lo humano y lo divino son una misma cosa, que en nuestra sangre corre la sustancia viva del universo. Quizá sea éste también el momento de nuestra propia coronación, el reconocimiento de la semilla cósmica plantada en nuestra carne, el triunfo de la flor sobre el terreno árido.
 
 
La afirmación de Gorse, en palabras de Patricia Kaminski, nos hace vibrar con la esencia de la rendición de El Cristo:
 
Confío en una providencia más Alta.
 
Mi esperanza permanece a pesar de la tragedia y la dificultad.
 
Tengo Fe en el correcto devenir del Destino.
 
Esta tenacidad le otorga raíces a mi Alma.

La semilla y el intento

Sembrar una semilla es un acto de amor, pero tu amor no garantiza que broten sus flores.

Puede ser que la riegues de más y se ahogue; puede ser que no le pongas suficiente agua y se seque; puede ser que no hayas elegido buena tierra y no logre echar raíces. También puede ser que, aún después del paso de tormentas y huracanes se abran todas sus flores.

Lo único cierto es que cuando siembras la semilla no sabes si verás alguna de sus flores.

Solo la cubres con un poco de tierra y esperas que el sol le brinde su calor, que la luna la cobije, que el tiempo le traiga fuerza, que el cielo la humedezca con su lluvia y que conecte con la sangre de la tierra.

Así, es en el intento, no en el resultado, cuando hacemos un espacio en nuestro corazón para que ocurra la vida como es, no como quisiéramos que fuera.

Porque quien vive de resultados es la mente, que todo lo estructura y lo controla; mientras es el corazón quien orquesta en armonía la cohesión instantánea de partículas llamada realidad.

Porque tal vez la semilla que tardaba en germinar solo estaba esperando que pasara el invierno para abrirse a la vida como flor en primavera.

Y aunque tú ya no la vieras, sería hermosa, como todas las flores.