Despierta, mi bien, despierta

La vida es una película y cada quien nace siendo protagonista de la suya. A veces, sin embargo, pasamos a ser actores secundarios.

─¡Pero claro que soy el protagonista de la película de mi vida!─ dirían algunos. Excepto cuando estoy obsesionado con que mi pareja cambie, con que mi jefe me tome en serio, con que mis hijos sean más agradecidos y que mis padres dejen de hacerme sentir culpable, por mencionar algunas escenas recurrentes. Al enfocar toda mi atención en los demás, los verdaderos protagonistas son ellos, no yo.

Es común confundir protagonismo con egoísmo, pero representan cosas muy diferentes. El egoísmo es una búsqueda voraz de la propia satisfacción mediante estímulos externos (lo motiva la soberbia); en cambio,  el protagonista desea encontrarse a sí mismo, caminando hacia su propio corazón (dirigido por el amor). El egoísmo aísla, el protagonismo dignifica.

Dice Carl Jung:

“Tu visión será clara solo cuando puedas mirar dentro de tu propio corazón. Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta.”

Bajo esta analogía, el protagonista vive la realidad de su historia con los ojos bien abiertos, mientras que el egoísta está atrapado en el sueño del personaje secundario.

El protagonista también elige la responsabilidad sobre la culpa, la transformación sobre la comodidad, el valor sobre el pánico, la verdad sobre la mentira, la intuición sobre la desconexión, el perdón sobre el dolor. Por estas razones, puede ser aterrador para muchos vivir su película como protagónicos, pues significa que deberán llevar el peso de una historia que no siempre resulta agradable. Lo cierto es que la trama puede cambiar cuando el personaje principal decide enfrentar sus batallas.

Tal vez sea necesario despertar y mirar hacia adentro para darnos cuenta que además de actores principales, también podemos ser los directores de nuestra película.