El vacío y la flor

Hablamos de la muerte con cierto recato, como si no quisiéremos que nos escuchara mencionarla. Hemos aprendido que morir debe ser causa de sufrimiento.

El miedo, el dolor y la desesperanza provienen de la idea de la muerte como un vacío total. Esta idea emana de la mente que se aferra a separarnos de todo lo que existe. La mente dice “si muero, desaparezco”.

Tal vez la muerte es solo un espacio para la paz, un espacio vacío que acepta la luz, que abraza a la vida que nace a cada instante. Así, el espíritu afirma amoroso ante la mente “no muero, me disuelvo en Unidad”.

Quizás todas esas lágrimas, dolor, sufrimiento, culpa y frustación por lo no expresado, por lo no amado, son maneras en las que la vida nos da ojos para ver que dentro de la oscura, fría y callada tierra, también se gesta la vida, se rompe la semilla, y se abre el espacio para que la flor inicie su viaje de regreso.

Sabe la flor que es flor

Sabe la flor que es flor cuando confía en que al abrirse al universo se abre también el cielo ante sus ojos de polen y semilla. Conoce su carácter vulnerable y no se cuenta a sí misma historias de muerte y de fracaso, segura está que su paso por la vida es poema que cantan las abejas a la luna y el sol tatúa en las alas de las mariposas.

Sabe la flor que es flor cuando está lista para ser color y gota de rocío, para hablar con la mantis y el volcán y sentir en su rostro perfumado la mirada de amor del colibrí.

Se sabe flor y da la bienvenida a la tormenta y a la calma después del huracán. Se nutre de lo oscuro de la tierra y lo transforma en luz al despertar. No lucha siendo flor, se integra y viaja en cada pétalo que el viento le reclama y en la semilla que decide regresar.

Confía la flor y es flor porque confía en que el camino aparece al caminar.