La semilla y el intento

Sembrar una semilla es un acto de amor, pero tu amor no garantiza que broten sus flores.

Puede ser que la riegues de más y se ahogue; puede ser que no le pongas suficiente agua y se seque; puede ser que no hayas elegido buena tierra y no logre echar raíces. También puede ser que, aún después del paso de tormentas y huracanes se abran todas sus flores.

Lo único cierto es que cuando siembras la semilla no sabes si verás alguna de sus flores.

Solo la cubres con un poco de tierra y esperas que el sol le brinde su calor, que la luna la cobije, que el tiempo le traiga fuerza, que el cielo la humedezca con su lluvia y que conecte con la sangre de la tierra.

Así, es en el intento, no en el resultado, cuando hacemos un espacio en nuestro corazón para que ocurra la vida como es, no como quisiéramos que fuera.

Porque quien vive de resultados es la mente, que todo lo estructura y lo controla; mientras es el corazón quien orquesta en armonía la cohesión instantánea de partículas llamada realidad.

Porque tal vez la semilla que tardaba en germinar solo estaba esperando que pasara el invierno para abrirse a la vida como flor en primavera.

Y aunque tú ya no la vieras, sería hermosa, como todas las flores.