El niño que te espera

Querido niño interior,

Hoy quiero decirte algo: he decidido no huir más de ti, porque cada vez que te ignoro me estanco en el tiempo.

Hoy te abrazo y reconozco que construiste para mí un mundo de lágrimas y caramelos, de satisfacciones inmediatas y profundas heridas, de sonrisas enormes y ojos que se abrían confiando en el universo, que se sorprendían con la luz contenida en el rocío de una flor, con la magia del nacimiento de las mariposas.

Hoy entiendo por qué me la he pasado huyendo de ti. Pero nadie quería lastimarte ¿sabes? Y cuando lo hicieron, no sabían lo que te hacían. Créeme, no lo sabían, porque al herirte tenían que cerrar sus ojos para no ver lo que a ellos mismos les dolió. Ellos también aprendieron a huir de su niño interior.

Hoy acepto la verdad: nunca mereciste el dolor, nunca buscaste al rechazo ni al miedo ni a los monstruos debajo de tu cama, pero tenías que entender al mundo para sobrevivir y ese fue tu primer acto de amor, tu primer salto de fe.

En este momento dejo de huir. No es justo para ninguno de los dos. Ven mira, ya me detuve. Sí, corre hacia mí, confía. ¿Ves cómo abro los brazos? Me voy a hincar para que puedas abrazarme bien. Sí, aquí estoy… yo también te extrañaba. ¿Estás llorando? No te preocupes, llora. Ten miedo también, grita de rabia y de alegría. ¿Te sientes solo? Verás que este abrazo disuelve tu soledad, nuestra soledad. ¿Que eres un niño feo?¿Pero qué dices? Eres hermoso, eso sí, muy pequeñito comparado conmigo, pero tus ojos son mis ojos: mírales bien, ahí siguen viviendo todos y cada uno de tus sueños.

Tú me enseñaste a reír. Si quieres, también ríe hoy conmigo, porque este abrazo es el espacio para sentir lo que venga, sin prisas, sin exigencias, sin decepciones. Me has esperado demasiado tiempo y yo he sufrido ya bastante las consecuencias de haber huido de ti.

Ahora quiero darte las gracias por no haberte cansado de buscarme, por tu paciencia, por tu energía, por tus carritos con llantas de corcholata y tus muñecas pelonas, por los libros de colorear y por hablar con las hormigas que vivían dentro de la tierra del jardín de la casa de la abuela.

Ahora sí, vamos a caminar juntos ¿sale?, ya no te suelto ni tú a mí. ¡Ya crecimos! ¿Y sabes qué? Ya no necesitamos encajar en moldes chiquititos de realidades infantiles, querido niño interior, porque a partir de hoy ya sabemos lo que se siente ser adultos.